Gente de la orilla

El Sukucho. El Lucerna. El Largo. El Oscuro. El Porotos a 200. El que está detrás del Sindicato de Estibadores. O el que funciona de noche en el bar San Francisco. Las denominaciones son varias. Las ubicaciones también. Bar itinerante, sí. Pero el dueño es uno solo al igual que el Barrio…Puerto. Valparaíso, Chile. Este es Luis Yáñez, el Lucho/el dueño del Sukucho. El capitán de una de las naves insignia de estos mares. Nave secreta. Bar de metaleros, de punkis y de pescadores, asi como de putas, universitarios y perdidos. Bar rudo pero provisto, también, de un singular amor: El amor a la música. Y a los cambios de la vida. Como la de Lucho. Pelo largo, canoso, ropa ceremonialmente negra. Tomémonos la última y nos vamos.

A principios de los 90, Luis Yáñez estaba aburrido de su trabajo como contable y palpaba en primera persona los experimentos económicos con que la dictadura había asolado los bolsillos de los chilenos. En ese agrio periplo había terminado por llevarle la contaduría a pequeños comerciantes, pirañas y tramposos, como él los denomina, de su ciudad natal, Villa Alemana. Encima se había separado hace poco de su esposa. La vida no parecía sonreírle a este hombre.

Vino un singular retorno al terruño. Porque Luis Yáñez no tenía uno cualquiera. Había nacido y se había criado entre los olores y fluidos de un bar. Su familia era dueña, allá en el Barrio Puerto de Valparaíso, de un boliche de pescadores que casi no tenía nombre. El Lucerna, vagamente lo llamaban. Allí, entre música de boleros y cañas de vino, había pasado buena parte de su infancia y ahora volvía a echarle una mano, durante el fin de semana, a su madre, a este lugar ubicado en calle Almirante Goñi, justo detrás del Sindicato de Estibadores.

Una gymkana

“A mí siempre me gustó harto la música. En esa época andaba con mis casets que me los grababa de la radio. Y en la época en que comienzan los festivales de cine comenzó a venir más gente a este barrio, al bar El Playa, al Proa al Cañaveral…Y pasaban por acá, miraban pa’ dentro y se preguntaban: ‘¿Y este no será el verdadero puerto? ¿La verdadera bohemia porteña?‘…Y empezaron a entrar. Fue raro el cambio. Vengo una noche y hay puros pescadores, maricones, gente de la orilla y, a las dos semanas, se nos empezó a llenar de universitarios. En esas noches, algunos jóvenes le empiezan a pasar casets a mi mamá, que era la que atendía, pa’ que los pusiera, y me doy cuenta que es la misma música que yo escuchaba: Shadowfax, new age, rock progresivo; otros se iban por el lado de Rubén Blades y el Canto Nuevo. Todo eso yo lo intercalaba con los boleros que escuchaban los viejos, para mantener el equilibrio entre el público habitual con los que venían de paso”. Sí, es Lucho quien habla, mientras ordena envases de cerveza en la barra de su bar.

Sin quererlo, por generación espontánea, como dice, estaba naciendo el Sukucho. Un audio bar que, llegada la noche, alquilaba la existencia de otro bar, el de los tatitas del barrio. “Daban las 9 de la noche y la gente llegaba corriendo a agarrar mesa. Te hablo del año 95. Yo no estaba metido en un estilo de música en particular. Lentamente empecé a ver gente con propuestas más al chancho: Punk. Metal. ¡Nocturnus! ¡Ja ja ja! Bandas que yo no conocía. Cada noche, yo partía con los boleros de los viejos, y empezaba a mutar a salsa, a salsa-jazz, luego a fusión, a progresiva, después hard rock, después rock, luego punk, hardcore y reventaba con metal, eso ya a las 4 de la mañana. Y, a veces, a las 7 tiraba cumbia y se transformaba en bailoteo. La clave del bar Sukucho era el viaje musical. Entonces, se juntaba gente de distintas tendencias lo que era raro. Había peleas, obvio, pero porque había muchas culturas distintas y el espacio era reducido”.

– ¿Y el nombre Sukucho, de dónde salió?, le pregunto a Luis mientras trago un poco de cerveza, en la parte de atrás del bar, un espacio que puede ser una fonda underground, con bancas pegadas a la pared, una sala de estar pero distorsionada con focos de colores, un espacio que, más bien, tiende a la oscuridad. “El bar siempre se ha llamado Lucerna pero nunca tuvo el nombre puesto afuera. Sólo los viejos sabían que era. El nombre venía de la antigua dueña que era una familia de apellido italiano. Un día llegaron unos punkis con un letrero que habían sacado de una gymkana en alguna universidad. Tenía esas letras tipo cowboy y decía “El Sukucho”. Y los punkis le dijeron: “Tía, le cambiamos esta cuestión por una garrafa”. Y mi vieja se las pasó y puso el letrero atrás de la barra y así quedó bautizado”.

michael

Las tribus

Así desde la fines de los 90, el Sukucho comenzó a ser una marca reconocible en el mapa nocturno y alcohólico de cierto Valparaíso. Uno más bien de chaqueta de cuero negra, bototos y melena. “Los metaleros han sido la comunidad más fiel. Me han seguido a todos los lugares donde he estado. Yo creo que es porque, a pesar que el metal es tan duro y tosco aparentemente, ha hecho un aporte tremendo a la música contemporánea. Mira el caso de bandas como Death o The Gathering con discos muy complejos, técnicos; progresivos, si quieres”, explica Lucho, mientras suena algo de música fusión en los parlantes del local. La melodía es un factor clave en el Sukucho. Convoca a las tribus. O las espanta. “Los primeros que se mandaron a cambiar era gente que sería de izquierda, que estaban metidos en lo del Canto Nuevo, los que estaban con el charango. Esos volaron. El conservadurismo de izquierda, yo les decía. Para ellos yo era un travesti porque estaba tocando metal y eso, para ellos, era música capitalista-extranjera… Pero yo, como era melómano, lo tomaba como otra expresión de la gente. Esta música no nace de la élite sino del pueblo. Los siguientes en irse fueron los salseros porque ellos querían transformar todo en un asunto bailable”.

Es que un bar así acoge, muchas veces, a los perdedores no a los alegres. “Es clásico», dice Lucho. “Yo pasé a ser papá de muchos. Igual que mi mamá cuando ella estaba tras la barra. Nos llegaban puros cuentos, llantos, hombres con cuernos, chicas violadas, gente con graves problemas afectivos o que se sentía marginada. Lo único es que aquí cambió la generación que lo estaba haciendo”.

Le comento a Luis Yáñez que tantos años de Sukucho le debe haber entregado un conocimiento acabado de las tribus urbanas. Responde que, la verdad, la única tendencia con la que no ha sintonizado es con los hiphoperos, “Yo tengo una idea de lo que es el hip hop: Pa’ mi su origen es delictual. Una vez quisieron venir a apropiarse de este lugar pero yo les puse cualquier traba. Un loco, pa’ taparme el hocico, me trajo un disco de hip hop súper complejo, progresivo, tremendos arreglos de voces. Y me lo tapó. Pero no les quise comprar porque a los 2 días ya me habían robado las luces negras del local… ¡Me estaban desmantelando! Cosa que ni siquiera los punkis habían hecho”, comenta.

Cargado a la oscuridad, no es raro que el Sukucho haya sido también un antro gótico antes de que la cosa se volviera masiva. Antes que cada tribu, cada gusto, tuviera su cueva. Allá por 1999, en esas noches cargadas de My Dying Bride, Dead Can Dance, Devil Doll y Mephisto Waltz, Luis Yáñez oficiaba de sacerdote con un antifaz negro, suministrando la descarga de decibeles oscuros , melancólicos y densos. Además, provisto con una cámara de video, grababa a los habituales que luego, a la noche siguiente, se miraban y miraban a los demás, como lo profetizaron Los Prisioneros en aquella canción olvidada llamada “Brigada de Negro” que señalaba en un verso “…no lo podrás creer”. “A mi me gusta harto el cine pero lo de la cámara fue puro morbo mío; curiosidad. Me gustaba grabar caras bonitas o a la gente en poses que no se daba cuenta. Si te fijai, el movimiento de esa cámara era una búsqueda. Iba de un lado para otro, buscando recovecos”. ¿Y que pasó con la cámara?, le pregunto, “Se la robaron hace un par de años”.

Pérdidas. Corte. Vuelta al gótico. “El gótico tiene mucho que ver con la autoflagelación por eso muchos punks se pasaron al gótico. Tanto dolor, tanto abuso de la sociedad, lo volcaron hacia sí mismos”, reflexiona Luis, “El mosh y el pogo, si lo pensai, son sadomasoquismo, es dolor. Yo tengo un vínculo con ellos por mis dolores. Los quiebres de 1973, según creo, porque yo me estaba desarrollando como persona en esa época y era una allendista acérrimo; no era ni socialista ni comunista pero antes que Jim Morrison, Hendrix o Los Jaivas, estaba Allende. Todo eso se acabó con el golpe. Mis amigos de aquella época, emigraron. Fue un quiebre”.

Remate final

Tras el estallido tribal y la segmentación de lugares, hoy, el Sukucho se defiende con su apuesta por la música y su fauna que mezcla metaleros con chicas del barrio y noctámbulos varios, y uno que otro viejo, remanente de la población parroquiana. La elección fue calculada. “Hubo un momento en que nos transformamos en after-hour de frentón. Después de todos los movimientos, dijimos: ‘Vamos a trabajar pa’ la gente que trabaja de noche, sin dejar de lado lo musical. Y vamos a atender a los garzones, a los dueños de local, a los músicos. Y echamos a correr la voz. Entonces, este bar se transformó en el remate final”.

Consecuentemente, Luis Yáñez se muestra escéptico con ciertos discursos satanizadores del alcohol y de la vida nocturna: “Mira, yo he visto deteriorarse a un grupo pequeño de gente en un bar. Pero son personas que tienen serias patologías. Si no es el alcohol va a ser el tabaco u otra droga lo que los va a matar”. En ese sentido, el señor del Sukucho tiene una visión sobre la tan mentada vida bohemia del NeoValparaíso: “Hasta que se fue el anterior alcalde nunca tuvimos problemas para trabajar como local nocturno. Pero ahora vivimos un conservadurismo increíble… Fomentan, por una parte, a la ciudad como una cuestión bohemia pero vienen las reglas: Un toque de queda encubierto con una hora de cierre de los locales; la represión, con la excusa de eliminar la delincuencia y el alcoholismo. Es raro… En un lugar que se jacta de tener los mejores vinos, el pisco -que es oriundo, dicen, de aquí y no de Perú, comenta y sonríe- y donde la cerveza hace publicidad a diestra y siniestra, sin ninguna cortapisa, y donde el estado saca suculentas tajadas con los impuestos al alcohol. Y sin embargo, nos reprimen a los locales, a los que traspiramos vendiendo el producto”, interroga y critica. “Si las usinas pueden funcionar 24 horas diarias ¿por qué no los bares? Es que no toda la gente tiene los mismos horarios para divertirse y eso está patente en los mismos pescadores. Los viejos llegan a las 7 de la mañana, cagados de frío, entregan el material ¡Puta, son gente dura, de mar, no se van a ir a tomar un café! ¡Se toman un vino tinto! Eso es lo suyo ¡Y ahora tienen que andar metiéndose en un clandestino y, más encima, se los llevan presos! ¿Por qué si el gerente de una empresa puede, al final de su jornada, relajarse y tomarse un pisco sour, el trabajador no puede hacerlo? Eso me molesta”.

Y no es menor que, inclusive, algunos policías de franco hayan accedido a las sonoras noches del Sukucho, buscando pasar un rato agradable y diferente.

Es que si no, qué.

(publicado por pirmera vez en  -uffff- revista Ciudad Invisible nº 13, en diciembre de 2005; re-editado para el compilatorio de crónicas «Por los caminos del Che», antologado por Tomás Astelarra, Cuadernos de Sudestada nº 9. Editorial Continente, Buenos Aires, Argentina, 2012)